CRECIMIENTO ESPIRITUAL

CRECIMIENTO ESPIRITUAL

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Mateo 5:48 Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.

(Ausejo) Filipenses 3:12 No digo que ya tenga conseguido mi objetivo o que ya haya llegado al término, sino que sigo corriendo por si logro alcanzarlo, como Cristo Jesús me alcanzó a mí.

crecimiento espiritual HECTOR BETANCUR

Alguna vez me llamó la atención la manera en que se considera la importancia de ser “Totalmente crecidos” a lo cual se le llamó: “Ser perfectos” o sencillamente: “Maduros”. Dichas expresiones direccionan nuestro accionar. En ese orden de ideas, el Señor Jesús nos invita a alcanzar una altura ideal, es decir, madurar.

Los seres vivos cumplen sus procesos de crecimiento, en ellos, se dan de una manera automática; claro, siempre y cuando sus cuerpos sean saludables; aquí entonces, aparece el factor que lo determina: ser o estar sanos. Cuando el cuerpo es robusto y vigoroso se alcanzan unos estándares de crecimiento óptimos, tanto en lo físico como en lo emocional, lo primero es inevitable, lo segundo es inducido.

Llevado al plano espiritual el hecho de ser “totalmente crecidos”, se relaciona con la perfección de la que habló el Señor cuando nos invita a crecer y a alcanzar las metas propuestas; aquí perfección es equivalente a “Madurez”, y en este sentido, es la cúspide a la que todos debemos apuntar.

Perfecto, en este sentido, es aquel hombre que afirmó sus pasos sobre el camino y siguió avanzando, que aunque tenga claros sus conceptos, no por ello deja de crecer; que reconoce con humildad lo que tiene y ha alcanzado, pero que admite sus falencias y anhelos insatisfechos. Cuando se piensa así se avanza hacia lo trascendente en esta vida terrenal, y hacia lo eterno en cuanto a su espiritualidad.

Y no es descabellado pensar en este tipo de proyección, pues, aunque somos débiles, el Creador nos diseñó con la capacidad para crecer y cambiar, para anhelar y mejorar, para soñar y contemplar mejores estados. Lo humano no nos limita, al contrario, nos motiva a ser cada día mejores. Esa individualidad imperfecta nos obliga a desarrollar nuestras propias habilidades, nos exige aprender cada día y a vivir en la escuela de la vida en la cual no tenemos fecha de graduación, en ella solo tenemos al frente muchas puertas que se abren como nuevas esferas de oportunidades.

Importante escalar nuestras montañas, aventurarnos por el camino de la madurez; de seguro, encontraremos escollos difíciles de superar, pero siempre será necesario avanzar e intentarlo una y mil veces si fuese necesario, eso sí, sin regresar, sin cesar, sin claudicar. A veces en las altas cimas, se debe tomar tiempo para recobrar fuerzas, para repensar la ruta y para visualizar la meta; pero nunca para planear el descenso.

La tendencia del hombre siempre debe ir de lo bueno a lo mejor, y de lo mejor a lo excelente, no hay porque conformarnos con algo escaso cuando puede ser abundante; debemos pasar de la dependencia a la auto-dirección, del placer a la realidad y de la ignorancia al conocimiento; estas son algunas de las características de la persona que madura constantemente, que no deja de crecer. El desarrollo constante, la dirección con enfoque y la autodisciplina hacen parte de la persona que hace caso al llamado del Señor Jesús: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.”

La persona que crece normalmente tiene emociones, pero no se deja esclavizar por ellas; tiene propósitos a largo plazo y no deseos o caprichos inmediatos; persevera hasta alcanzar sus metas y objetivos haciendo caso omiso a las vicisitudes de la vida; es aquel que ve la vida más allá de sus propios intereses y trata de ayudar a los que le rodean; el que desarrolla la empatía con sus semejantes amando al prójimo como a sí mismo; que se conoce a sí mismo y se burla de sus desaciertos; pero, por sobre todo, que no está en conflicto consigo mismo, pues, su única meta es alcanzar su máxima obtención: DIOS. Al estar a su lado para siempre, podremos estar seguros que nuestro crecimiento estuvo bien direccionado.

Por: Héctor Raúl Betancur Montoya